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La guerra de los botones. Christophe Barratier. Francia 2011.
No es la primera vez que ‘La guerra de los botones’ llega al cine. La de Christophe Barratier es la tercera versión de la novela homónima de Louis Pegard (La guerre des boutons), una historia que ahora cumple cien años, y que ya en su momento fue considerada un éxito de ventas. Entonces, la acción transcurría en el Franco Condado, a finales del siglo XIX, y el libro rebosaba imaginario de críos guerreros, trasladando la idea de la solidaridad de los niños ante la adversidad.
Los protagonistas de aquella novela, unos chavales de Longeverne, tenían dos enemigos: otro grupo del pueblo vecino y el propio mundo de los adultos, a veces tosco y rudo. Un retrato rural que planteaba, con el humor como telón de fondo, la cuestión de la educación y los principios de autoridad de los padres. Ahora, el argumento salta a la pantalla por tercera vez, y lo hace de una forma fiel a la novela original, pero con algunos cambios. La acción transcurre en Auvernia, en marzo de 1944, y el cambio de época sitúa el relato en las vísperas de la Liberación. Mientras la tierra se ve sacudida por los terribles sucesos de la Segunda Guerra Mundial, otra guerra se libra en un pequeño rincón del campo francés. Los chicos de los pueblos vecinos de Longeverne y Velran siempre se han odiado. No pelean por ningún motivo especial. Simplemente, no quieren ver a sus vecinos cerca de donde ellos viven. En una de esas batallas, Lebrac, un chico de trece años de Longeverne, tiene una idea brillante: arrancar todos los botones de las ropas de los prisioneros que tomen, para que vuelvan a sus casas medio desnudos, vencidos y humillados. Se ha declarado la “guerra de los botones” y el pueblo que reúna el mayor número de botones será declarado vencedor. La película entreteje dos historias paralelas: una, la de los niños que pelean por su territorio; otra, la de los adultos que defienden un país. Así, la cinta lleva al espectador una continúa lucha entre identidad y dignidad, en la que los botones son el símbolo de la victoria. La simbología del botónLa historia de Pegard se escribió hace cien años, pero el uso del botón como elemento de especulación es mucho más antiguo. Según cuenta Pancracio Celdrán en el libro ‘Historias de las cosas’, en el siglo XII lo utilizaban los nobles con finalidad funcional, y en el XV se convierte en objeto de deseo y pieza única, hasta ser distintivo de la clase social a finales de la Edad Media. Así empieza a utilizarse como objeto de especulación: era un elemento de cambio que luchaba contra la inflación de la moneda. Hasta que, allá por 1750 en Inglaterra, comienza a fabricarse en serie y pierde valor. Desde el siglo XVIII, el botón se convirtió en elemento obligatorio en el traje de un caballero. Y así sobrevivió, primero al botón automático (apareció en el siglo XIX) y, en 1890, a la cremallera. Al fin y al cabo, como dijeron entonces los modistas franceses, el botón tenía un fin estético en sí mismo. |





